
La ciudad en la que nací.
Su luz de noviembre fue lo primero que vi.

El lugar que me vio crecer.
Inviernos fríos y veranos muy calurosos.

Veranos de color verde.

El mar calmado de julio.
La roca de sus acantilados, el blanco de sus casas con arcos.
Almendros, pinos y su sombra fresca, olivos, vides palmeras.
Los puestos de la playa. Las paellas de mi abuela.
Los paseos con mis abuelos. Los juegos con mis hermanos.
Los peces, erizos y conchas.

Una adolescencia en el monasterio.
Normas, rigidez, rutina y exactitud.
Viviendo en la octava maravilla del mundo,
empapado de su historia y arquitectura.
Tan recta, tan simétrica, tan ordenada.
Magnífica, imponente y protectora.

La que me hizo entender la vida.
Sentirla hasta el extremo, de día y de noche.
Los amores y desamores, los barrios, la gente, el ruido.
Su farándula y su arquitectura anárquica.

Otra Jávea.
Más pausa, sosiego, madurez.
Un nuevo empezar.
La vida, afortunadamente, da muchas vueltas. Y esas vueltas son las que te dan vida.
Seguramente hoy no eres la misma persona que eras hace unos años. Yo tampoco soy el mismo que pasó su adolescencia en El Escorial.
El tiempo y los aprendizajes hacen que suframos cambios.
Lo mismo ocurre con una casa.
No importa si está en Jávea, en Madrid o en Irlanda. Esa casa forma parte de ti, de tu esencia.
Hacerla tuya es fundamental.
Porque, entonces, podrás llamarla hogar.
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